Perderse En Los Ciclos Mentales: La Psicodinámica De La Preocupación Crónica

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¿Qué es la ansiedad (preocupación)?

La preocupación es, en la mayoría de los casos, un proceso principalmente cognitivo que surge cuando no sabemos qué ocurrirá en el futuro y nuestra mente anticipa una posible amenaza. A diferencia de las reacciones corporales propias de la ansiedad, la preocupación funciona más como un esfuerzo mental. La persona crea escenarios de forma constante, intenta prever riesgos y “resolver” mentalmente las incertidumbres futuras.1

Este proceso puede dar, de forma momentánea, una sensación de control. La idea de “estar preparado” o de “anticiparse pensando en el peor escenario” puede aliviar temporalmente la ansiedad que genera la incertidumbre. Sin embargo, este estado cognitivo también puede hacer que la persona evite conectar con sus emociones internas y se centre únicamente en las posibilidades negativas. De hecho, muchas personas, sin ser conscientes de ello, utilizan la preocupación como una forma de tolerar la incertidumbre y, al mismo tiempo, de amortiguar una intensidad emocional más profunda. Así, la preocupación puede transformarse poco a poco en un ciclo que ocupa la mente, consume energía y no conduce a soluciones reales. En lugar de avanzar hacia acciones concretas, la persona permanece en un estado constante de vigilancia, lo que genera un agotamiento mental continuo.1

¿Por qué nos preocupamos?

Detrás de la tendencia a preocuparse de forma constante existen mecanismos psicológicos complejos. Las investigaciones muestran que una de las principales razones por las que este comportamiento se mantiene es la falsa creencia de que preocuparse resulta útil o eficaz.4

Esta creencia suele reforzarse cuando los acontecimientos negativos que se temían no llegan a producirse. Por ejemplo, puede aparecer el pensamiento “si no me hubiera preocupado durante horas por esta presentación, seguro que habría salido mal”. Esto genera una ilusión de causalidad, como si la preocupación hubiera evitado el resultado negativo.4

Además, en este ciclo interviene un componente emocional importante. La persona cree que se sentiría profundamente culpable si algo malo ocurriera sin haberse preocupado antes. Cuando se preocupa y el suceso no ocurre, se refuerza la idea de “ves, preocuparme funcionó y evitó el desastre”. Este refuerzo positivo consolida la conducta de preocuparse. Por eso, aunque racionalmente se sepa que este pensamiento no es lógico, la preocupación se mantiene en la mente como un supuesto “mecanismo de protección”.4

¿Es normal estar en un estado constante de preocupación?

La preocupación, por sí sola, no es necesariamente patológica. Puede entenderse como un continuo que, a partir de cierto punto, se vuelve difícil de controlar y deja de ser funcional. En este sentido, la respuesta del organismo ante una amenaza y su intento de protegerse es natural y adaptativa. Todos podemos preocuparnos en determinados momentos, y esto a menudo nos ayuda a ser más cuidadosos, organizados y responsables.2

Preocupación adaptativa: En estos casos, la preocupación actúa como una señal de alerta que permite detectar posibles problemas y prepararse para actuar. Pensar en riesgos reales puede facilitar la planificación y aportar una sensación de control.

Preocupación desadaptativa: Sin embargo, este aspecto funcional se debilita cuando empezamos a exagerar amenazas y probabilidades. La activación constante de escenarios catastróficos atrapa la mente en un bucle que paraliza en lugar de generar soluciones. Este ciclo puede afectar negativamente a la vida diaria, las relaciones sociales y el rendimiento laboral, especialmente en personas con altos niveles de ansiedad.24 Cuando este proceso resulta mental y físicamente agotador, deja de tratarse de una preocupación puntual y se convierte en un problema que requiere comprensión y, en muchos casos, apoyo profesional.

¿Por qué los pensamientos de preocupación se convierten en un bucle?

Que algunas personas queden atrapadas de forma constante en los mismos pensamientos negativos puede deberse a que estos se convierten, con el tiempo, en hábitos automáticos profundamente arraigados.7

Al principio, la persona puede pensar de manera consciente e intencionada para intentar resolver un problema o comprender una situación. Sin embargo, cuando estos pensamientos se repiten con frecuencia en los mismos contextos, estados de ánimo, momentos del día o con determinadas personas, tanto las señales internas como las externas pueden activarlos de forma automática.7

Este fenómeno puede explicarse a través del condicionamiento clásico y el aprendizaje asociativo. Con el tiempo, ciertos estímulos internos o externos desencadenan los mismos patrones de pensamiento sin que la persona lo decida conscientemente.

Como resultado, aunque se sea consciente de que estos pensamientos resultan dañinos o inútiles, romper el ciclo puede volverse muy difícil. En personas con ansiedad o depresión, salir de este bucle es aún más complejo, ya que los pensamientos se activan fuera del control consciente y funcionan como un hábito.7

Diferencias entre preocupación, pensamientos obsesivos y rumiación

La preocupación, los pensamientos obsesivos y la rumiación comparten ciertas similitudes, pero son procesos mentales distintos. Las obsesiones suelen tener un contenido perturbador y ajeno a la personalidad de la persona. Aparecen de forma repentina, se fijan en la mente y suelen ir acompañadas de impulsos involuntarios o imágenes mentales. La preocupación, en cambio, consiste en pensamientos más prolongados, sin una conclusión clara, centrados en incertidumbres futuras y expresados principalmente de forma verbal. Mientras que la preocupación se asocia al deseo de actuar, las obsesiones son más intrusivas y difíciles de detener.5

La rumiación, por su parte, se caracteriza por pensamientos negativos repetitivos centrados en el pasado o en problemas actuales, en la búsqueda de explicaciones, significados o consecuencias, y en la distancia entre la vida deseada y la realidad. Suele darse en un estado de ánimo depresivo y se orienta más a la reflexión estancada que a la acción.6

Aunque estos patrones pueden coexistir y aparecer tanto en población clínica como no clínica, la preocupación suele percibirse como más aceptable socialmente y se asocia con la preparación o la resolución de problemas.5

Una mirada psicodinámica a la preocupación constante

Desde el enfoque psicodinámico, la preocupación constante no se explica solo por factores de estrés actuales, sino que se entiende como un síntoma profundo relacionado con experiencias pasadas y conflictos inconscientes en el mundo interno de la persona.8

Experiencias tempranas y falta de seguridad

Cuando durante la infancia la figura cuidadora es emocionalmente inconsistente, impredecible o insuficiente, el niño puede desarrollar una ansiedad básica y una sensación de inseguridad difíciles de nombrar. En esta etapa temprana, las emociones no pueden elaborarse mentalmente de forma adecuada y la ansiedad puede volverse persistente.8 Crecer sin un entorno seguro mantiene al niño en un estado de alerta constante ante posibles amenazas, sentando las bases de la ansiedad crónica en la vida adulta. Por ello, la preocupación constante no solo responde a dificultades actuales, sino que también refleja experiencias tempranas de vulnerabilidad.

Ansiedad de separación y conflictos internos

Las experiencias de separación y pérdida en la infancia temprana constituyen otro factor clave. Cuando el niño percibe la ausencia o pérdida del cuidador, puede experimentar pánico y ansiedad intensos. Si esta pérdida se prolonga, pueden aparecer sentimientos de desesperanza y depresión. Además, una vinculación insegura puede llevar a asumir una responsabilidad excesiva por el bienestar de los demás, lo que más adelante se manifiesta como ansiedad constante, dependencia relacional y autoabandono.8 En terapia, ofrecer una relación segura y predecible permite identificar estas ansiedades tempranas y revisar los límites personales.

La ansiedad también puede entenderse como una señal de conflictos internos. La persona puede experimentar tensiones entre deseos, emociones o impulsos y sus valores, normas morales o expectativas sociales. Aunque este conflicto no sea consciente, se expresa en forma de ansiedad y activa mecanismos de defensa. Así, la ansiedad funciona tanto como señal de conflicto inconsciente como como una estrategia para afrontarlo.8

En resumen, la preocupación constante no surge únicamente de factores estresantes cotidianos. Es la expresión actual de experiencias infantiles, inseguridad y conflictos internos no resueltos. El objetivo terapéutico es hacer consciente esta ansiedad, comprenderla y dotar a la persona de recursos para gestionarla, facilitando así la ruptura del ciclo repetitivo de preocupación.

¿Cómo funciona la terapia psicodinámica en la ansiedad?

Para quienes luchan con la ansiedad, comprender las propias emociones, identificar desencadenantes y salir de los ciclos internos no suele ser sencillo. La investigación indica que la terapia psicodinámica ofrece un alivio significativo, especialmente en casos de ansiedad social. Algunos estudios muestran que, combinada con medicación, puede ayudar a regular las respuestas emocionales y a desarrollar estrategias de afrontamiento más maduras.3

Este enfoque no entiende la ansiedad solo como un “síntoma”, sino como una vía para profundizar en el autoconocimiento a través del análisis de experiencias pasadas, procesos inconscientes y patrones relacionales. La terapia psicodinámica contribuye a desactivar ciclos repetitivos de ansiedad y a ampliar la conciencia emocional, ofreciendo beneficios a largo plazo en distintos trastornos de ansiedad.

¿Qué puedo hacer al detectar el ciclo de preocupación? pasos prácticos

Romper el ciclo de la preocupación requiere un proceso consciente y la modificación de hábitos mentales.

1. Identificar y observar los desencadenantes

El primer paso es reconocer qué situaciones, contextos o señales internas y externas activan automáticamente la preocupación. Observar los pensamientos y llevar un registro ayuda a identificar cuándo, dónde y en qué condiciones comienza el ciclo. Estos desencadenantes pueden ser ambientales, conductuales o emocionales. Detectarlos a tiempo facilita interrumpir el patrón.7

2. Modificar los estímulos ambientales y conductuales

Una vez identificados los desencadenantes, introducir pequeños cambios puede reducir la aparición del ciclo. Levantarse de la cama, cambiar de actividad, escuchar música distinta o practicar técnicas de relajación cuando aparece la tensión son estrategias útiles. Cada persona tiene desencadenantes distintos, por lo que desarrollar conciencia sobre los propios patrones es clave para gestionar la preocupación de forma más compasiva.7

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3. Pasar a la acción y a la resolución de problemas

Una vez identificado el problema, es importante valorar posibles soluciones y llevarlas a la práctica. Esto puede implicar dar un paso concreto, hablar con alguien, iniciar un proceso terapéutico o aceptar aquello que no puede cambiarse.

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Referencias

  1. Greenberg, M. (2019). Why worrying is unhelpful, and one thing you can do instead. Psychology Today.
  2. American Psychological Association. Anxiety.
  3. Fonagy, P. (2015). The effectiveness of psychodynamic psychotherapies. World Psychiatry, 14(2), 137–150.
  4. Gladstone, G., & Parker, G. (2003). What’s the use of worrying? Australian and New Zealand Journal of Psychiatry, 37(3), 347–354.
  5. Langlois, F., et al. (2000). Behaviour Research and Therapy, 38(2), 157–173.
  6. Emamzadeh, A. (2023). Psychology Today.
  7. Watkins, E. R. (2013). Psychology Today.
  8. Polnay, A. et al. (2023). Psychodynamic Approaches to Anxiety. Cambridge University Press.
*Los artículos de nuestro sitio no brindan asesoramiento médico y tienen solo fines informativos. No se puede diagnosticar un trastorno basándose en los artículos. Un trastorno sólo puede ser diagnosticado por un psiquiatra.

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